Formación médica: un paréntesis antes de una oportunidad

Medical training: a pause before an opportunity

DONATE LÓPEZ J


La profesión médica, independientemente del nivel de especialización, hace mucho que le hemos entendido, y así debe ser, como una carrera de fondo, no ya para alcanzar el conocimiento pleno, que es literalmente imposible; si no para no verse atropellado por los avances, unas veces motivados por el desarrollo de tecnologías y otras por la realidad asistencial que nos demanda soluciones cada vez más eficientes.

Exceptuando el paréntesis de excepción en el que nos encontramos, la formación continuada es una tarea que ha sido encomendada a las sociedades científicas que en buena parte están sostenidas por la industria y a ésta misma, que planifica sus programas al hilo de sus necesidades de comunicación. Las instituciones están totalmente ausentes en este sentido, pero sin embargo ponen las normas y criterios que luego se trasladará al ranking de referencia para decidir la cualificación. Este sistema ha sido criticado, pero no revocado.

Hemos asistido a la máxima expresión de esa carrera de fondo, trasformada en un sprint, durante los primeros meses de la pandemia «declarada» porque días antes era algo lejano. A partir de febrero de 2020 la hecatombe sanitaria que nos apabulló en todos los sentidos nos obligó, no sólo como individuos, si no a toda la comunidad a «actualizarnos» en una materia en la que no teníamos ni tan sólo una base mediocre. En pocos días cambiamos nuestro programa de formación hacia el consumo desmedido de materias hasta hacía poco, ajenas a nuestra práctica clínica, más aún como oftalmólogos. Las editoriales abrieron sus bibliotecas virtuales, y se sucedieron las publicaciones de todo lo que tenía que ver con la COVID19. Así, de alguna manera nos hicimos autodidactas con un material generado en un tiempo record.

Por otro lado, la formación, estructurada como la entendíamos hasta entonces, desapareció, pero nos dimos cuenta que podíamos compartir conocimientos, ideas, opiniones, e incluso intuiciones, desde nuestro «sitio». Redescubrimos Zoom, Teams, Webex, etc., y el calendario se llenó de tal manera que fue imposible recordar el tema de ayer ni cuanto ni más el de mañana. Nos convertimos, todos, hasta los más metódicos, en neumólogos en formación, gestores de espacios, preventivistas y por supuesto algo de oftalmología. Para mi gusto excesivo.

De cara al verano, las cartas con las correcciones de artículos aceptados con urgencia, la caída de la emergencia sanitaria, los cambios de criterios en las editoriales y la reentrada en la nueva «normalidad» que aún no ha llegado. Tras el verano son pocas las iniciativas que se conservan.

Podríamos considerar que el modelo de formación anterior ha fracasado, no ha sido capaz de adaptarse a pesar del interés desmedido de los «alumnos» y estamos en el momento de plantear nuevas fórmulas, de remover los cimientos de la formación, y sobre todo de poner en práctica de una manera ordenada lo que hemos experimentado: tecnología, digitalización, sentido crítico ante el exceso de información y sobre todo la búsqueda de nuevos referentes.

¿Cómo ha de ser la formación? Quizá ha llegado el momento en el que la virtualización de contenidos que se ha implantado en nuestra rutina nos permita disponer de un material congruente con las necesidades del momento. El papel de los anfitriones, sociedades científicas y por supuesto industria, ha de ser revisado y quizá se le deba dar más peso a las redes de conocimiento, a los facultativos que han sostenido un cierto criterio generando valor durante estos meses de vacío.

Hay preguntas que responder, y han de hacerse de manera urgente. ¿Siguen siendo válidos los adjetivos: ¿continuada, acreditada? En mi opinión si, pero con matices.

La formación continuada no es formación de todo a todas horas. Debe existir un programa base, estructurado, reconocible para cada área de interés y sobre todo juzgado desde la profesión médica. Las acreditaciones hoy en día es un trámite diferente en cada rincón de nuestra geografía, sin plazos unificados ni comités identificables. La tecnología nos permite, y ahora lo sabemos, realizar control de las actividades, de los accesos a las fuentes de conocimiento. Conceptos como «Flipped Classroom» o aula invertida (contenido a disposición del alumnado antes de compartirlo, virtual o presencial), es un concepto que puede ganar protagonismo, en la formación, donde el contenido sea reconocible, orientado y criticado antes de ser dogma.

Así, es un momento irrepetible para que sociedades científicas enfoquen de una manera diferente la relación con la industria y de ésta para optimizar su inmenso potencial. Quizá, y así lo creo, es el momento de los grupos de expertos, de las redes de conocimiento como la que represento (Club Español de la Mácula), entre otras, para arbitrar, generar valor y colaborar dentro de una «normalidad» que aún tardará en llegar.